El paulatino crecimiento económico de América Latina ha marcado el ingreso de sectores sociales, antes excluidos, a la denominada clase media. Es verdad que el término “clase media” tiene sus riesgos por la generalidad que representa cuando existen realidades diversas. Pero principalmente se refiere a la población capaz de cubrir sus necesidades básicas y generar algún tipo de patrimonio o ahorro. Dentro de éste habría que referirnos a la vivienda como fundamental. La baja penetración de los seguros residenciales en América Latina es una realidad. No está implantada en la cotidianeidad del ciudadano latinoamericano promedio —la planeación de su vida en términos económicos y patrimoniales— pues tiende a no administrar sus ingresos de forma prospectiva ni prevé las consecuencias de sucesos inesperados. Es muy importante que la industria aseguradora comprenda mejor las características de la situación de este mercado para encontrar los nichos, los instrumentos aseguradores y los canales de distribución adecuados para trabajar en el consumo de las pólizas para cobertura residencial.
MI CASA; MI INVERSIÓN
Para entender la percepción de lo que es la vivienda en el entorno latinoamericano hay que partir de la política gubernamental que existe sobre el tema. La vivienda no tiene la consideración que sí tienen la educación, la salud y la seguridad pública como política de Estado. En muchos países desarrollados, las familias reciben incentivos para comprar una vivienda porque es percibida como un activo. Los investigadores norteamericanos Isaac F. Megbolugbe y P.D. Linneman sostienen que el 80% de los estadounidenses considera que ser dueños de una vivienda es una buena inversión. Como señala el investigador Alan Gilbert, la poca consideración de la vivienda como una inversión en América Latina, junto con una tendencia relativamente baja de mudanza, provocan que el mercado sea limitado; esto, aunado a una insuficiente cultura financiera, da como resultado que el latinoamericano promedio no esté consciente de la magnitud de afectación en caso de pérdida de su inmueble.
APRENDER EN CABEZA PROPIA
Cuando una persona ha sufrido algún percance que haya mermado su patrimonio, es sabido que tenderá a acercarse en busca de algún instrumento de protección. Pero al parecer no siempre es así. Como se indica en el artículo Catástrofes, previsión y cultura; seguros casa habitación en América Latina, al momento en que ocurrió el devastador sismo en la Ciudad de México, el 19 de septiembre de 1985, sólo 3% de los hogares contaban con algún tipo de seguro. Treinta años después, en 2015, la cifra aumentó a tan sólo 5%. Es verdad que no puede generalizarse; en el caso de Chile, cuyo sismo del 27

de febrero de 2010 representó enormes pérdidas humanas y materiales, se tiene registro de que un 23% de los hogares contaban con un seguro contra sismos. Cabría preguntarse si esta diferencia implica un grado de avance general, ya que la década de los ochenta en México no repercutió en un aumento de la demanda de instrumentos aseguradores, como sucedió en Chile.
Las contingencias que pueden presentarse en una vivienda son muy variadas, desde fenómenos meteorológicos como sismos, huracanes e inundaciones, hasta eventualidades como robo, incendio, fugas de agua, etc. Pero no sólo eso, ya que en la vivienda es donde se localiza el patrimonio de la mayoría de las familias como muebles, electrodomésticos y pertenencias varias. Aun así, menos del 8% de la población latinoamericana posee algún seguro residencial (Chubb).
Según cifras de la OCDE, los seguros adquiridos de forma voluntaria en la región no llegan al 5%, pues en esta estimación se descartan los instrumentos que son adquiridos de forma obligatoria cuando se adquiere un inmueble mediante financiamiento. Los impactos al patrimonio que enfrenten las personas o familias terminarán siendo un déficit en las finanzas públicas de una u otra forma, lo que se podría amortizar si hubiera una política gubernamental más sólida al respecto.


TEORIZANDO EL PELIGRO
Uno de los motivos principales que lleva a la gente a buscar formas de protección es la sensación de peligro. Incluso la cultura financiera a la que nos hemos referido, con todo lo racional que puede considerarse, tiene su base en el temor a posibles contingencias.
En su libro The demand and supply of criminal opportunities, el profesor de la Escuela de Política Pública Sanford, de la Universidad de Duke, Philip J. Cook, plantea una relación de costo-beneficio de los perpetradores de un crimen y de las víctimas. En esta ecuación los afectados se centrarán en acciones que dificulten la comisión del delito, acciones para incrementar la posibilidad de que un criminal sea arrestado y castigado, y acciones para minimizar la pérdida económica si el delito ocurre. Específicamente en este último factor, las observaciones de Cook revelan que la mayoría de las personas optan por medidas tales como alarmas, perros, rejas, reforzamiento de puertas e, incluso, el cambio de residencia hacia fraccionamientos cerrados.
En el caso de América Latina es pertinente señalar que actualmente existe una tendencia creciente hacia la vivienda en zonas cerradas. Pero no sólo en los sectores medio-alto y alto, donde se esperaría, sino en los medio-bajo y bajo. Según una investigación realizada por Chubb y AC Nielsen, las personas identificaron al robo habitacional como la principal amenaza —por encima de eventos catastróficos—, algo notorio en una región que registra sismos, huracanes e inundaciones con relativa frecuencia.
Lo que nos dice la información expuesta es que la tendencia se dirige a la sensación de seguridad a través de dispositivos físicos, objetivos y palpables y, siendo que el seguro tiene un alto grado de virtualidad, es una protección que no se ve ni se siente hasta no ser utilizada, donde sus beneficios pueden verse con mayor claridad. ¿Cómo lograr que estos instrumentos aseguradores “bajen a la tierra” y sean parte cotidiana de la prevención de una familia promedio?

ENTENDIENDO MEJOR AL MERCADO
La retroalimentación de las encuestas realizadas indica algunos puntos importantes a la hora de colocar un seguro residencial:
Las personas necesitan ejemplos, historias o analogías que les ayuden a entender la importancia de asegurar su patrimonio. Es muy productivo hacer la comparación del costo de un seguro frente a la cuantificación de la posible pérdida patrimonial.
Por otra parte, dentro del ambiente asegurador se menciona que hay una percepción de que el seguro residencial es costoso, cuando en realidad es de los más económicos. Es un fenómeno que obliga a una mejor comunicación por parte de las empresas, sobre todo ahora que existen los canales en línea y las redes sociales.
Sin embargo, habría que ir más allá. Tal vez el costo promedio de un seguro de vivienda pueda ser solventado sin dificultad por un amplio sector de la clase media, incluso media-baja, pero para lograr la verdadera penetración del mismo hay que pensar en los sectores con menor poder adquisitivo, donde ese costo sí implica una carga considerable. Por eso la industria debe buscar alternativas que hagan aún más accesibles estos instrumentos.
Los canales digitales son pieza central para lograr una mayor penetración en el mercado ya que, según la investigación de Chubb y AC Nielsen, 70% de los seguros residenciales se colocan por canales masivos y 30% por agentes de ventas.

POR UNA SEGURIDAD GENERALIZADA
El seguro para la vivienda tiene un costo-beneficio muy positivo para el contratante. Los principales obstáculos para que no tenga una penetración más alta en América Latina tienen que ver con aspectos de cultura financiera y percepción. La consolidación del sector asegurador residencial es una tarea que involucra a múltiples actores, con lo cual se puede tener una mayor estabilidad que terminará por beneficiar a la sociedad como conjunto.