Una de las principales características de las economías más sustentables del mundo, hoy en día, es la cultura de la
prevención y por lo tanto de aseguramiento. A mi parecer, es una cuestión de compartir responsa- bilidad entre gobierno y población. Llevo tiempo queriendo analizar por qué en México estamos tan lejos de dichas conciencias colectivas y, sobre todo, qué podemos hacer para lograrlas. Pero precisa- mente por la falta de cultura de seguro en nuestro país —o no sé si como consecuencia— existe un mundo de factores a considerar; en esta ocasión analizaremos los más trascendentales.
Primero, ¿en dónde está hoy México, hablando de seguros, en comparación con el resto de las naciones? Para entender la perspectiva nacional es necesario conocer, en el contexto mundial, la participación que existe por región. Según datos registrados en la revista Sigma de la Swiss Re, América Latina representa únicamente 1.9% del mercado asegu- rador mundial, cifra muy baja si se compara con mercados como Europa o Norteamérica que repre- sentan más de 34%, cada uno de ellos, en la parti- cipación mundial. De ese 1.9% México se coloca en el segundo lugar, después de Brasil; la suma de ambos países representa el 64% de todas las primas del sector asegurador en América Latina. La principal medida que tenemos para conocer el grado o porcentaje de penetración de nuestro sector en los distintos países, es la participación que tienen las primas intermediadas en el PIB del país en cuestión. Hoy en día, el sector asegurador en México representa apenas el 2% de nuestro Producto Interno Bruto. Ahora, si bien es cierto que en los últimos años esto significa un crecimiento cons- tante, aún estamos muy lejos de donde queremos estar, tomando de ejemplo a Inglaterra, en donde el nivel de aseguramiento alcanza el 12.07%.
Otro indicador del desarrollo del sector en el mundo es la densidad o gasto anual promedio que una persona destina a adquirir seguros. En Norte- américa el promedio anual por habitante en gasto de seguros es de 3,800 dólares, mientras que en

América Latina solamente gastamos 126 dólares promedio, sin dejar a un lado la diferencia abismal que existe también en los ingresos de ambas poblaciones, y que se convierte en uno de los principales obstáculos para alcanzar la penetración deseada.
Hablemos entonces de que existen tres economías distintas para situar al consumidor: aquélla en donde la población vive con necesidades básicas insatisfechas (la gran mayoría de Centro y Sudamérica); un segundo grupo con una economía en crecimiento, donde al tener ya previstas sus necesidades básicas, se abre la posibilidad de mayor conciencia a una demanda interesante de seguros; y por último, las economías total- mente desarrolladas, en donde la gente literalmente se autoasegura. Coloquemos al consumidor mexicano y a nuestra economía en el segundo grupo. Entonces, ¿por qué los mexicanos no se aseguran?
Hoy en día, de acuerdo con los datos arrojados por la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS), en México los porcentajes de aseguramiento son: tan sólo el 15.8% de los mexicanos cuentan con un seguro de vida, el 6.6% de la población tiene un seguro de gastos médicos mayores, sólo el 8.6% de los hogares mexicanos están prote- gidos y, lo más alarmante, únicamente el 28% de los autos que circulan en nuestro país tienen contratado un seguro.
Y ojo con este último dato, no porque el auto sea el bien con mayor valor en nuestro patrimonio, sino porque es el único seguro que ha empezado a ser obligatorio en ciertas partes de nuestro país.
Regresemos entonces a la pregunta que nos ocupa, ¿por qué los mexi- canos no nos aseguramos? ¿Será por un bajo poder adquisitivo?, ¿será una errónea y escasa oferta de productos?, ¿desconocimiento, falta de confianza, o quizá un nivel bajísimo de conciencia de la población económicamente activa?
Hablando del nivel adquisitivo de los mexicanos, para el 2015, la Secre- taría de Economía colocaba a casi el 21% de la población mexicana en los tres niveles socioeconómicos superiores de acuerdo a sus ingresos, o


su equivalente, en clase social: alta-alta, alta-baja y media-alta. Dejando fuera al resto de escalones en nuestra pirámide poblacional económi- camente activa, estamos hablando de casi 22.5 millones de mexicanos que se caracterizan por tener ingresos superiores y estables, claramente todas las necesidades básicas cubiertas, un alto nivel de entretenimiento y sobre todo la capacidad de generar ahorro. Por sí solos representan un mercado potencial altísimo; ¿cómo es que, en ese 21% de la población mexicana para quienes el poder adquisitivo no es impedimento, sólo hay 7%, 9%, 28% de vehículos, vidas y viviendas aseguradas?
Los mexicanos nos sentimos invencibles, creemos que los seguros son un gasto, más que una inversión. No entendemos que con 200 pesos mensuales de “gasto” podemos tener uno de nuestros más grandes elementos del patrimonio, nuestra casa, asegurada contra cualquier imprevisto. ¿Cómo es eso posible cuando el 75% de nuestra población está expuesta a un desastre natural como los que recientemente han azotado a nuestro país, dejando a miles en las calles sin diferenciar clase social? ¿Cómo es que todos aquellos que iniciamos nuestra vida laboral después de 1997 no seamos conscientes de que ya no somos respon- sabilidad del gobierno, que alrededor de los 65 años, con 20 años de vida por delante, dejaremos de ser productivos y lo único que tendremos será lo que hayamos ahorrado los años que sí fuimos productivos? Para eso: seguros de retiro.
De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en México, tan sólo el 30% de la Población Económi- camente Activa (PEA) cuenta con el derecho de la seguridad social; sólo

ellos obtendrán algún tipo de pensión, sin que necesariamente sea suficiente. Algunos expertos aseveran, incluso, que el sistema de pensiones en nuestro país es una bomba de tiempo. Hoy en día representa, al igual que nuestro sector, el 2% del PIB, pero las proyecciones indican que para el 2035 el porcentaje crecerá al 6%, volviéndose incosteable y provocando entonces un colapso que potencialmente dejaría al 100% de la población sin ningún tipo de pensión.
Podríamos analizar cantidad de argumentos que nos permitan entender por qué los seguros no son caros, son suficientes, debieran de ser un commodity, al menos en esos tres escalones de la pirámide de los cuales ya hablamos.
Los seguros son, incluso para el gobierno de cada país, una herramienta que contribuye al cumpli- miento de las leyes. Entonces, ¿por qué no generar algo como un reaseguro, a través de seguros obli- gatorios, que permitan compartir el riesgo con la sociedad? Hablemos nuevamente de Inglaterra, en donde cerca del 80% de las pérdidas por siniestros, catástrofes, demandas civiles, entre otras, es decir, millones de euros, son pagados al año por aseguradoras y no por el propio gobierno.
Por todo lo expuesto anteriormente, me atrevo a decir que la falta de cultura de seguro en nuestro país, es responsabilidad de todos: del gobierno, el sector asegurador y la misma sociedad. Es tarea de cada una de las figuras que conformamos este triángulo, reflexionar acerca de qué podemos y debemos hacer en pro de generar una mayor conciencia de prevención y por lo tanto una mayor cultura de seguro en nuestro país.
Como intermediarios, la creación de estrategias para acercar a más mexicanos una oferta de seguros acorde a las necesidades de cada cliente, una mayor profesionalización del sector que garantice una clara y correcta asesoría, y que nos ayude entonces a corregir la errónea percepción que se tiene de tan importante actividad, la de ser un agente de seguros.


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