El famoso dicho de la bola de cristal mágica, esa que le da a quien la posee el poder de ver el futuro… Tan deseable, tan útil sería, que tendría un valor incalculable. ¿Cuántos hechos desagradables se hubieran podido evitar y otros aminorar? ¿Cuántas fortunas se pudieron ahorrar en catástrofes y cuántas otras generarse? ¿Cuántas vidas habrían cambiado y tantas otras se habrían salvado? ¿Cuántos hechos históricos habrían sido diferentes y cómo esto podría cambiar el rumbo de la historia? En fin, el asunto de fondo es que no podemos ver el futuro, no lo podemos conocer. Podemos, acaso, imaginarlo, calcularlo, hacernos una idea o un pronóstico —quizá hasta moldearlo—; pero aun así, el destino no pierde su condición de incierto porque hay factores variables, condiciones cambiantes, circunstancias imprevisibles, naturaleza viva e imponderables.
Y del pasado, de ese aprendemos también. Porque la historia nos ha dejado perplejos con imágenes, estadísticas, anécdotas e innumerables lecturas y leyendas de accidentes, hechos de la naturaleza y toda clase de “actos de Dios” —así les dicen algunos en los seguros— que han cambiado el curso “normal” de la historia. Esa historia que repentinamente dio un giro radical, quizá por no haberse previsto. ¡Basta con entrar a las redes sociales para encontrarse con cientos de ellas!
Pues bien, todo este preámbulo, para quienes estamos inmersos en el mundo de la protección, los seguros o administración de riesgos en general, tiene que ver con la prevención: la mejor medida para disminuir los riesgos, contenerlos, acotarlos; ¿eliminarlos?, apenas algunos. Y es que la prevención es un tema delicado porque así como puede incidir en el costo de un seguro, puede también involucrar personas, vidas; más allá de los fierros, la madera y los ladrillos.
Prevenimos enfermedades, prevenimos accidentes, prevenimos inundaciones, incendios, asaltos, sustos. Hay decenas de dichos populares que tienen relación con la prevención. Nuestras abuelas y

nuestras madres los repitieron por años. Es el famoso “¡ponte suéter!” que nos imponían so pena de no dejarnos salir a jugar, aunque no hiciera frío o peor aún, hiciera calor.
La prevención debe ser una disciplina, una costumbre, un hábito de todos los días. Un hábito que puede —debe— estar asentado en nuestra vida personal y permear con firmeza en nuestro quehacer diario en casa, en la empresa en la que laboramos, en nuestro trayecto al trabajo y de vuelta; cuando comemos, cuando nos bañamos y cuando vacacionamos. Digo con firmeza porque es fácil relajar inconscientemente nuestras medidas preventivas cotidianas. Se nos olvidan en medio de la comodidad, o de la prisa o el exceso de confianza.
Aunque todo esto pudiera parecer una verdad de Perogrullo o una obviedad, lo cierto es que no lo es. La prevención requiere consciencia, constancia, conocimiento e inversión. No usar el celular mientras manejamos es prevención; pero lo seguimos usando, ¿por qué? Revisar periódicamente el buen funcionamiento de los extinguidores en nuestro espacio laboral es prevención, pero no lo hacemos, ¿por qué? Alimentarnos sanamente, hacer ejercicio y dejar de fumar también es prevención, y muchas veces tampoco lo hacemos, ¿por qué? Lo olvidamos a veces a propósito y a veces sin querer, a veces es desidia y a veces es ahorrar —ahorro malentendido—; a veces ni pensamos en ello.


Por eso la prevención debe ser un valor fundamental, no un valor agregado. Prevenir hace personas y empresas más fuertes. Es una “mejor práctica” que debiera replicarse hasta ser una práctica común. La prevención debe entenderse como un programa integral que cabe en todos los ramos de seguros, no es simplemente un inciso.
Prevención es administrar el riesgo en la salud, no en el curso de la enfermedad. Es preparar cubetas llenas de agua, precisamente cuando no hay fuego. Un ejemplo de actualidad es la prevención de riesgos cibernéticos, cuyo impacto en la economía global ronda la friolera de $500 billones de dólares al año (Risk Management Magazine, 2016), y lo que falta. De hecho, no hay área económica o social que no se beneficie con la prevención; pero el concepto de prevención en nuestra era de cambios disruptivos no es el mismo de hace unos años. Es necesario hacer uso de herramientas tecnológicas y analíticas actualizadas que ayuden a conformar planes de protección que cubran las necesidades de todos los rubros: vida, salud, vehículos, siniestros, responsabilidad civil, riesgos financieros y crediticios, etcétera. Los procesos de medición empresariales, los programas

de reducción de peligros, los análisis de administración de riesgos y todos los demás instrumentos con los que se busca desarrollar las coberturas idóneas, son producto de un compromiso vital entre asegurado y asegurador: la prevención.
Las compañías que más éxito han tenido en esta misión son las que han sabido entender la importancia de la prevención de la mano de las nuevas tecnologías, la experiencia previa, el manejo inteligente de la información, sesudo análisis, asesoría de un equipo avezado y por supuesto, el conocimiento profundo de sus clientes.
Yo los invito a través de este texto a sumarse al equipo de los que se adelantan a los posibles hechos. Porque es necesario prevenir para evolucionar, evolucionar para crecer y crecer para ir un paso adelante.